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Signos Sagrados

Una de las experiencias típicas de la vida de fe católica es el uso de sacramentales. Esta abundancia de signos visibles constituye sin duda gran parte de la identidad del católico. Es debido a este uso de los sacramentales en la vida devocional de la iglesia que una reflexión profunda sobre su significado y uso se hace necesario.

En otras palabras, tenemos que responder ¿Que es un sacramental? ¿De dónde proceden y cuál es su relación con Cristo? Así como ¿cuál es su uso apropiado en la iglesia? Son estas cuestiones la que iremos abordando en esta sesión de nuestra pagina.

¿Qué es un sacramental?

La definición más sencilla de un sacramental nos las ofrece el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 1667.

La Santa Madre Iglesia instituyó, además, los sacramentales. Estos son signos sagrados con los que, imitando de alguna manera a los sacramentos, se expresan efectos, sobre todo espirituales, obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida" (SC 60; CIC can 1166; CCEO can 867).

Esta definición del Catecismo de la Iglesia Católica a pesar de ser concisa no hace que desaparezca toda duda. Pues para entender lo que es un sacramental tenemos que primero entender lo que es un signo.

De acuerdo al teólogo litúrgico A.G. Martimor un signo es aquel “poder evocador natural de la realidad significante.”1 Con esto el teólogo nos quiere decir que en la realidad que experimentamos hay elementos que se asocian en nuestra mente de forma tal que nos apuntan a otras realidades. Por ejemplo, el color rojo nos recuerda y se asocia en nuestra mente con la idea de algo peligroso o importante.

El lenguaje popular capta esta capacidad significante de la naturaleza y la usa por medio de frase coloquiales como: Lo ganó con el sudor de su frente, siendo el sudor el signo de un esfuerzo físico y por lo tanto trabajo. Otras frases se refieren a la personalidad: esa persona es fría como un tempano de hielo.

Este tipo de signo lo llamamos de tipo directo o metonimia. Pues la conexión es bien obvia y de tipo colectivo y fácilmente comprensible. Como son una bata blanca, un uniforme verde, o una rosa roja.

Mas no todo signo es tan evidente, ya que algunos se crean en el marco histórico de una relación y una vivencia. Estos signos los llamamos indirectos o relacionales.

Podemos entenderlos mejor si nos remontamos a algún momento en que el ser amado nos regala algo, adornos, un anillo etc. Pues de ese momento en adelante esa realidad, ese regalo, quedará asociado a esa persona y por lo tanto se convertirá en un signo de esa relación. Y así cada vez que lo veamos, nos hará recordar esa relación y vivencia que lleva la marca de esa persona.

Por eso se hace conveniente entender el signo como aquello que lleva una marca. De hecho, el sentido de la palabra griega σῆμα la cual es la raíz de nuestra palabra signo, “generalmente se entiende como “la marca por la cual algo o alguien es reconocido.”2

Así los signos litúrgicos vienen a ser aquellas realidades que, por haber sido utilizadas por Dios, nos recuerdan nuestra relación con El. Y por lo mismo no son elementos arbitrarios, sino que se someten al uso que los mismos han tenido en el dialogo histórico entre Dios y la humanidad.

Debido a esto el magisterio de la iglesia enfatiza el uso exclusivo, de las especies de pan y de vino, signos históricos de la relación de Cristo con su Iglesia, aun en las más difíciles circunstancias.

Este diálogo entre Dios y la humanidad por medio de signos lo podemos ver claramente en muchos pasajes del Antiguo Testamento. De hecho, el antiguo testamento usa 79 veces la palabra signo (hebr. אוֹת). El uso más ejemplar los vemos en el libro del Génesis donde Dios usa el arcoíris como signo, o recuerdo del pacto entre Dios y la descendencia de Noé.

"Dijo Dios: «Esta es la señal de la alianza que para las generaciones perpetuas pongo entre yo y vosotros y toda alma viviente que os acompaña: 13. Pongo mi arco en las nubes, y servirá de señal de la alianza entre yo y la tierra. 14.Cuando yo anuble de nubes la tierra, entonces se verá el arco en las nubes, 15.y me acordaré de la alianza que media entre yo y vosotros y toda alma viviente, toda carne, y no habrá más aguas diluviales para exterminar toda carne. 16.Pues en cuanto esté el arco en las nubes, yo lo veré para recordar la alianza perpetua entre Dios y toda alma viviente, toda carne que existe sobre la tierra." (Génesis 9:12-16)

Como vemos en este ejemplo, el arcoíris se convierte en un signo de que Dios no destruirá la tierra no por sí mismo sino debido a la relación, el pacto, establecido entre Dios y la humanidad.

A veces la existencia de signos se da como prueba de la relación entre Dios y la persona. Como vemos en el salmo.

"Haz conmigo un signo de bondad: Que los que me odian vean, avergonzados, que tú, Yahveh, me ayudas y consuelas." (Salmos 86:17)

En este salmo el salmista no pide un signo para darse cuenta de que esta en relación con Dios, sino para mostrar su relación con Dios a los otros. Es este uso del signo como forma de validación de la relación de Dios con una persona lo que se va a enfatizar en el tiempo de Jesús como veremos más adelante.

Pero antes de pasar al uso de los signos en el Nuevo Testamento hemos de examinar una curiosidad de los signos. Y es que a pesar de que los signos constituyen “la marca por la cual algo o alguien es reconocido,”3 no por ello esa marca es universalmente accesible. Todo lo contrario, los signos indirectos se dan dentro de los confines de la relación porque tienen un carácter personal de acuerdo a nuestra vivencia. Lo que para una persona fuera de una relación pueda parecer banal, para aquellos que están dentro de la relación un signo puede tener un carácter excepcional.

Ejemplo: Ciertos, olores, un perfume puede hacernos recordar a la persona amada, también una película, es capaz de transportarnos hacia una época o una vivencia con un amigo. En otras palabras, estos son signos que no resultan universales sino más bien personales y relacionales.

De manera que fuera de la vivencia y la relación con Dios puede ser difícil ver los signos de su amor hacia nosotros. Esta ambigüedad del signo la podemos ver en la batalla de signos que libra Dios contra el faraón.

"Ya sé que el rey de Egipto no os dejará ir sino forzado por mano poderosa. 20. Pero yo extenderé mi mano y heriré a Egipto con toda suerte de prodigios que obraré en medio de ellos y después os dejará salir.»" (Éxodo 4:19-20)

En esta batalla Dios trata de mostrarle al faraón por medio de signos que El es el que reina sobre la tierra y que por lo mismo el faraón a de someterse a su poder dejando ir a Israel al desierto. Sin embargo, debido a la falta de relación del faraón con el Dios de Israel le es difícil ver en estos signos la presencia de Dios.

"Respondió Faraón: «¿Quién es Yahveh para que yo escuche su voz y deje salir a Israel? No conozco a Yahveh y no dejaré salir a Israel.»"  (Éxodo 5:2)

Y por lo mismo los signos se van intensificando hasta que el faraón reconoce por medio de la muerte de su primogénito el actuar de Dios. Esto nos muestra que tenemos que creer y estar en relación con Dios para poder ver e interpretar sus señales. Los mas capacitados para entender e interpretar este lenguaje fueron los profetas de Israel. Un ejemplo clásico se encuentra en el libro de Isaías.

"Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel." (Isaías 7:14.)

Este signo anunciado por Isaías lo encuentran los cristianos en la persona de Cristo. Y por ello para el ámbito cristiano la relación de Dios con su pueblo ya no solo se manifiesta por medio de palabras y signos, sino que el Signo se ha hecho carne.

En Cristo, Dios se ha hecho El mismo un signo de su presencia entre los hombres y de esa manera se ha hecho obra e incluso sentimiento, impactando toda la realidad. Debido a ello el Nuevo Testamento utiliza la palabra signo 73 veces en la forma griega σημεῖον

Un desarrollo que vemos en el Nuevo Testamento con respecto a los signos es que ellos ya no son para el pueblo solo extensión del diálogo con Dios, sino que se hace un elemento esencial para motivar la fe. En otras palabras, en tiempos del Nuevo Testamento los signos se convierten en garantía de que Dios se está manifestando. Un ejemplo claro lo podemos ver en el evangelio de Mateo.

"Entonces le interpelaron algunos escribas y fariseos: «Maestro, queremos ver una señal hecha por ti.»" (Mateo 12:38)

En este pasaje los fariseos y saduceos exigen de Jesús signos como forma de garantía de la presencia de Dios. Sin embargo, como vimos anteriormente los signos no son realidades que se imponen por sí mismas, destruyendo de esa manera la libertad, sino que son señales íntimas entre aquellos que han entrado en una relación. Por ello, seguidamente Jesús dice.

«¡Generación malvada y adúltera! Una señal pide, y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás." (Mateo. 12:39)

Los fariseos y saduceos no van a recibir una señal pues su condición de maldad, su falta de relación con Dios les impide ver la señal, que es dada por medio del signo de Jonás.

Ese signo de Jonás es la muerte de Cruz y la Resurrección de Cristo. Es el Signo que nos comunica que Dios realmente ama a la humanidad hasta sus últimas consecuencias. Algo que se expresa por medio del arte litúrgico con las cruces en los santuarios de la iglesia. La resurrección es, en realidad, el signo histórico que anuncia que Dios no solo nos ama hasta el extremo, sino que también tiene el poder de retornar a la vida a aquellos que Él ama.

Estos dos signos del diálogo histórico entre Dios y los hombres se encuentran en el signo sacramental del bautismo por el cual experimentamos la muerte, pero también la trasformación, la resurrección que Dios ofrece a aquellos que comienzan una relación con El cómo hijas e hijos adoptivos.

Esta extensión de la palabra que constituyen los signos no sólo la utiliza Dios para comunicarse con los hombres, sino que también la utilizan los seres humanos para responder a la iniciativa divina.

Por ejemplo, por medio del abrazo, el darse la mano durante el rito de la paz en la Santa Misa expresamos nuestro amor al prójimo y deseo de cumplir este mandamiento.

De estos signos la iglesia llama sacramentales a aquellos que en su discernimiento entiende como intrínsecamente asociados a la experiencia cristiana y por lo mismo válidos para todos nosotros. Ejemplo es el darse en el pecho, durante el confiteor (Jer. 31,19). El darnos en el pecho, es un signo visible de nuestra compunción por los pecados e intensifica nuestra experiencia para participar por medio del cuerpo de una realidad que en principio es espiritual.

Lo común del uso de los signos de Dios y de los seres humanos es que para ambos la Iglesia utiliza estos signos como “lenguaje que prolonga o intensifica la Palabra. Su poder evocador facilita la inteligencia del mensaje y por otro lado expresa la fuerza de los sentimientos.”4 Por lo mismo, su uso se hace bien extendido y común en el evento cristiano. Son precisamente estos signos que se usan en el dialogo histórico entre Dios y los hombres los que el Catecismo de la Iglesia Católica llama signos sagrados.

Conclusión.

En resumen, pudiéramos decir que los sacramentales son signos sagrados debido a que los mismos nacen del “poder evocador natural de la realidad significante”5 los cuales son usado en el dialogo entre Dios y su Iglesia para “prolongar e intensificar la palabra y, así,  hacerla más inteligible y agregarle la fuerza de los sentimientos.”6

Es debido a esta capacidad de los signos de extender y enfatizar los diferentes aspectos de nuestra diálogo y relación con Dios, en beneficio de la fe, que la iglesia los eleva a la dignidad de sacramentales y los hace accesible al pueblo de Dios.

Ahora bien, ¿que relación tienen los sacramentales y los sacramentos? ¿Cuáles son sus diferencias? Son las preguntas que estaremos explorando en las próximas páginas.

1 Aimé Georges Martimort, Biblioteca Herder. Sección de Liturgia, nueva (4a.) ed., vol. 58, La Iglesia En Oración: Introducción a La Liturgia (Barcelona: Herder, 1992), 196.

2 Karl Heinrich Rengstorf, “Σημεῖον, Σημαίνω, Σημειόω, Ἄσημος, Ἐπίσημος, Εὔσημος, Σύσσημον,” ed. Gerhard Kittel, Geoffrey W. Bromiley, and Gerhard Friedrich, Theological Dictionary of the New Testament (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1964–), 203.

3 Karl Heinrich Rengstorf, “Σημεῖον, Σημαίνω, Σημειόω, Ἄσημος, Ἐπίσημος, Εὔσημος, Σύσσημον,” ed. Gerhard Kittel, Geoffrey W. Bromiley, and Gerhard Friedrich, Theological Dictionary of the New Testament (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1964–), 203.

4 Aimé Georges Martimort, Biblioteca Herder. Sección de Liturgia, nueva (4a.) ed., vol. 58, La Iglesia En Oración: Introducción a La Liturgia (Barcelona: Herder, 1992), 196.

5 Aimé Georges Martimort, Biblioteca Herder. Sección de Liturgia, nueva (4a.) ed., vol. 58, La Iglesia En Oración: Introducción a La Liturgia (Barcelona: Herder, 1992), 196.

6 Aimé Georges Martimort, Biblioteca Herder. Sección de Liturgia, nueva (4a.) ed., vol. 58, La Iglesia En Oración: Introducción a La Liturgia (Barcelona: Herder, 1992), 196.